Antonio Lafuente: Estándares, redes y comunicación
De WikiST
estándares, redes y comunicación
La tradicional invisibilidad de los estándares podría tener sus días contados si se confirmara la tendencia a ingresar de lleno en la agenda política de los movimientos ciudadnos
Cada acción que emprendemos necesita de un sin fin de convenciones que estabilizan el mundo que habitamos. No importa lo que tengamos previsto decir. De nada serviría, si antes no hemos acordado la lengua en la que comunicarnos o la hora en la que se producirá el encuentro. Y eso sin entrar en otros detalles como el uso horario al que remitimos la cita o la ciudad en la que vamos a encontrarnos. Los ejemplos son simples, pero no simplones y lo vamos a explicar. Sin esos y otros muchos acuerdos tácitos no hay comunicación. Los estándares están tan presentes como el aire que respiramos o la urbe que habitamos y, como ellos, son tan ubicuos como invisibles. Y si los estándares garantizan la comunicación, habrá que admitir que es inviable una comunidad que no se sustente sobre una constelación de convenciones que no pertenecen a nadie y son de todos.
Estándares siempre hubo. Lo estamos diciendo, pero no hay nada como querer darle escala a un proyecto, ya sea un imperio, una iglesia, un negocio o cualquier otra empresa, para que adquiera relevancia la necesidad de que la tarea de recabar datos, celebrar ceremonias, impartir órdenes o transmitir mensajes respeten ciertas pautas que no necesariamente tienen que ser universales, ni verticales, ni sagradas, ni naturales. Hay una manera funcional de acercarse a los estándares que no quiere verlos como instrumentos coercitivos y/o impuestos, sino más bien como arreglos de conveniencia entre las partes que sirven para decidir quién cruza un puente, cuál es el ritual de la boda o cuánta agua corresponde a cada regante.
Los estándares entonces sostienen (y son sostenidos!) por una comunidad que se hace tanto más estable cuanto mejor resueltos tenga las mil y una situaciones de potencial conflicto. Estas pequeñas reglas sirven para atar lo individual a lo colectivo y, desde luego, lo local a una cierta noción de res publica. Los estándares sirven para vincular lo particular a lo abstracto y, tirando de ese hilo, a lo global, a eso que antes nombrábamos muy pomposa y ridículamente lo universal. Me doy cuenta de que estoy utilizando palabras que aluden a sociedades preindustriales, cuando ni siquiera todavía se usaba la noción misma de estándar.
Es cierto que hay muchos libros de historia que sólo mencionan la palabra estándar cuando llegó la hora de la electrificación de las ciudades y el mundo se vio abocado a un caos del que sólo una buen catálogo de reglas podía redimirnos. Pero no es verdad. El sistema de pesos y medidas se convirtió en una urgencia en cuanto se ensancharon las posibilidades del mercado interior (el colonial no planteaba estos problemas porque las metrópolis impusieron la lengua, la fe y otros estándares menos píos pero igualmente rentables). Antes de que se crearan esos consensos económicos, fueron desarrollándose otras convenciones sobre cómo describir plantas, producir mapas, nombrar enfermedades o catalogar libros. La diferencia más importante entre estas prácticas (las de los botánicos, los geógrafos, los médicos o los bibliotecarios) y las que condujeron al establecimiento del sistema de pesas y medidas, es que las primeras surgen sin la intervención del estado y, las segundas, aparentan ser menos dirigidas. Y esta parece ser la práctica habitual: la gente, empresas económicas, sociedades profesionales o comunidades locales, se organizan sin pedirle permiso a nadie y adoptan sus convenciones en función de su propia manera de ver las cosas.
Las cosas podrían estar cambiando de forma acelerada y la obsesión por las patentes podría estar siendo compensada por la nueva manía por los estándares. Y es que la globalización impone a las empresas una economía de escala, a los gobiernos incrementar los mecanismos de vigilancia, a los sindicatos y ONG defender la noción de estándares sociales (convenciones contra el trabajo esclavo o infantil) o la de estándares medioambientales. Los países menos industrializados ven también cómo los estándares operan en muchos casos como nuevas barreras comerciales tan eficaces como las arancelarias. Los debates son muy intensos. En la práctica hay muchas organizaciones internacionales que promueven formas más o menos convergentes de ciudadanía global o ciudadanía medioambiental (environmental citizenship) que saquen a los gobiernos y a los partidos políticos de esa mezcla inconsistente de vulgaridad, ceguera y realpolitik.
Ya hemos dichos muchas cosas sobre qué significa producir un estándar. Puede que demasiadas. Lo mejor será recapitular algunos de los rasgos que más interesan para el argumento que aquí queremos desarrollar:
invisibilidad. Los estándares son tan ubicuos que tienden a hacerse invisibles.
interoperabilidad. No hay intercambio eficaz de palabras o mercancías sin estándares.
urbanidad. Sin estándares ninguna comunidad logra estabilizarse y ser habitable.
mutualidad. La adopción y producción de un estándar es voluntaria y consensuada.
La estandarización es a nuestro mundo lo que la mecanización al siglo XIX. Nuestra vida pende cada día más de máquinas abstractas (miniaturizadas y virtuales) que, mediante protocolos estrictos, interactúan con otras máquinas también abstractas para producir algo. Ese algo al que nos referimos puede ser muchas cosas, desde el control de la red eléctrica nacional al ritmo de pulsación de una válvula coronaria. No hay duda de que hay mucho poder detrás de estas convenciones que no siempre son tan neutrales desde el punto de vista ideológico o tecnológico. De forma que, en el extremo, un estándar puede favorecer o afixiar la expansión de una cultura o de una empresa.
Esto sucede con los formatos de archivos digitales (por ejemplo, el .doc) que MS utiliza por defecto en su suite ofimática. Sabemos que el dominio hegemónico de MS sobre el mercado ha convertido sus formatos en una especie de estándar internacional que, en la práctica, amenaza la interoperabilidad de los sistemas y cuestiona la soberanía nacional de muchos estados. Tenemos más ejemplos de estándares que no cumplen los dos requisitos mínimos de calidad y compatabilidad (es decir, que son técnicamente discutibles y socialmente disruptivos), pues necesitamos pocas palabras para explicar que con frecuencia muchos estándares sólo son obstáculos a la libre circulación de mercancías, disfrazando con mucha verborrea técnica lo que no es más que una burda defensa de privilegios abusivos e insostenibles.
No es extraño entonces que se hable mucho de estándares y que los estados quieran estar presentes en la toma de decisiones, aunque sólo sea porque los gobiernos son profusos consumidores de estándares. Desde el punto de vista de la administración pública los estándares deberían ingresar al sistema de la gobernanza lo que implicaría caminar en la dirección del open standards (también la web OpenStandards.net). No se niega entonces la importancia histórica del sector privado o de la contribución de gente a la producción de estándares, sino que se estimula un diálogo menos local y más público. La ventaja de incluir a todos los actores interesados en la creación de normas es obvia, porque la incorporación de más puntos de vista garantiza la operatividad de las redes, favorece la economía de escala, evita la discriminación, corrige los desequilibrios, mejora las garantías de los consumidores y promueve la transparencia de los procesos.
Los estándares sin dejar de ser meras convenciones alcanzan también la condición de bien común que conecta los objetos producidos a las prácticas que los producen, las usos locales con los mercados internacionales y los intereses particulares con los valores globales. La salud, por ejemplo, siempre es una circunstancia que hay que definir en un cuerpo, una comunidad y un hospital concretos, pero el diagnóstico y los cuidados que se le aplican, la historia clínica que se elabora y los métodos con los que se archiva, forman parte de una estrategia que implementan los productores de medicamentos, los fabricantes de ordenadores, los administradores sanitarios, las organizaciones sindicales, las instituciones científicas y los organismos internacionales.
Todo el mundo quiere estar seguro de lo que significan las palabras que describen una situación. Decir que algunos protocolos valen en sitios muy distintos significa que nos estamos refiriendo a objetos móviles capaces de atravesar fronteras lingüísticas, políticas, corporativas, jurídicas, disciplinarias y tecnológicas. Son, en verdad, objetos muy especiales que sólo se desplazan verdaderamente cuando viajan junto a las prácticas que los cualifican y/o cuantifican o, en otros términos, que aseguran todos los procesos de evaluación y/o certificación. Sin tales protocolos y/o dispositivos los estándares dejan de ser instrumentos de gobernanza y se convierten en meras imposiciones de quienes detentan las tecnologías pertinentes. Hablar de gestión responsable de los estándares también implica habilitar mecanismos que aseguren el open access, el open data y el open laboratory.
Tenemos un buen ejemplo para ilustrar la complejidad que adquieren las iniciativas de open estándares (ver la web del Open Standards International Symposium organizado por la Yale Law School a principios de este año). Pocos temas son más relevantes para la defensa del procomún que la biodiversidad, un patrimonio genético, ecológico y cultural heredado y que debemos legar a las generaciones venideras. Y no será fácil, pues son muchos los procesos en curso que la amenazan, desde los asociados a la consideración del medioambiente como un recurso hasta los derivados de la influencia del cambio climático.
El mapa que mostramos demuestra que hay una tremendo desequilibrio entre los lugares en donde se concentra la biodiversidad y aquellos emplazamientos en donde están las instituciones mejor preparadas para comprender las encrucijadas a las que nos aboca su modificación, deterioro o abuso. Pero, lo sabemos, no hay ninguna posibilidad de preservar este patrimonio único sin un inventario eficaz de su riqueza, lo que equivale a la construcción de inmensas bases de datos que alguien debe archivar para que luego sean accesibles y usables para todos. Ya se ve por donde vamos, pues estamos hablando de estándares capaces de dar cuenta de la diversidad de objetos (genomas, especies y ecosistemas) y tradiciones (formas de nombrar y usar) que se movilizan cuando hablamos de biodiversidad.
La biodiversidad es una de esas nuevas ciencias que dependen de un uso intensivo de datos y de grandes infraestructuras de información. Vivimos en un mundo inmerso en muchos océanos de datos. Pensemos en la infinidad de registros que conservan nuestros movimientos por la ciudad o con el móvil o alguna tarjeta de crédito, por no hablar del rastro que dejan las búsquedas con Google o eBay. Los muchos proyectos de genética popular apuntan en la dirección de que nada quede fuera de control. Los proyectos que predican la defensa de la biodiversidad también parecen converger hacia esta nueva especie de panóptico natural. Todo apunta en la dirección de que el archivo es la forma que adopta un estado que si en el siglo XVIII sembró la urbe de museos donde exhibir y socializar los tesoros de la naturaleza (plantas y rocas, por ejemplo), hoy parecería querer horadarla con una multitud de silos en donde preservar sus registros. Y así, mientras la Ilustración cultivó los muchos medios de hacer visible lo que había, hoy estaríamos caminando en la dirección de hacerlos accesibles: la accesibilidad sería entonces un nuevo paradigma cognitivo que estaría sustituyendo a la visibilidad.
Los datos son un problema, especialmente cuando son tantos y proceden de lugares tan distintos y distantes. Las inversiones para recabarlos son gigantescas. Pero de nada sirven sin los metadatos que los hacen accesibles. Y aquí nos encontramos con los acuerdos para levantarlos, etiquetarlos, almacenarlos y actualizarlos. Sin esas convenciones, las bases de datos serían inútiles. Ocurre además que la migración masiva del mundo desde el ámbito físico al virtual acabará teniendo carácter performativo o, en otros términos, que sólo existirá aquello que esté catalogado y, más aún, el lugar donde esté inscrita la existencia de una cosa (planta, sistema o proceso) determinará su futuro.
Por eso es tan importante la ornitología para los pájaros. Pronto, ninguno podrá volar o trinar al margen de los que sucede en nuestros laboratorios o consejos de ministros. El lugar que les asignemos en nuestras bases de datos determinará su vida futura, pues todos serán objeto de políticas que regularán su alimentación, migraciones o ciclos reproductivos. Y lo que vale para las aves, podemos extenderlo a las mariposas o los insectos, y pronto a las bacterias, los hongos y las esporas.
La biodiversidad es entonces un problema de datadiversidad (cache). Una pluralidad de fuentes que no será operativa hasta que sepamos catalogar ecosistemas y encontrar las ontologías que no ignoren las prácticas locales, pues no hay que olvidar que un árbol no es una cosa aislada sino el nodo de una red que la vincula al suelo y al cielo, al aire, a la historia y a las otras especies circundantes. Una especie es un objeto material por la materia orgánica que contiene, e inmaterial por las dependencias que mantiene respecto a su entorno espacial y temporal. Los datos deben también ser capaces de valer para la el intercambio entre humanos, tanto como para la comunicación entre máquinas, pues por mucho que quieran intervenir los administradores de los espacios naturales preservados, nada podrán hacer si los datos no llegan a la terminal de operaciones, o llegan en un formato que no respeta las tradiciones locales.
Pensando en la biodiversidad hemos tenido que hablar de máquinas, redes, ontologías y tradiciones. Todo un sistema sociotécnico que se construye alrededor de estánadares. Y es difícil exagerar la importancia de todos elementos en la vida futura de las hormigas, las selvas o el polen. La naturaleza va a depender del concurso de muchos naturalistas, biólogos y climatólogos, pero también del concurso de un ejército de archiveros, programadores, administradores de sistemas y, desde luego, campesinos, voluntarios y hackers. Los hackers porque nadie mejor que ellos comprende los retos del trabajo distribuido y horizontal. Los voluntarios porque la masa de datos a recabar es tan ingente que hará falta, como ya está sucediendo en Gran Bretaña o Canada, la contribución de centenares de miles de recolectores. Y de los campesinos o pueblos indígenas porque sus saber por la experiencia (que no por la experimentación) es recipiendario del conocimiento acumulado por tradiciones centenarias.
No todo el mundo comparte este entusiasmo por la participación y la posibilidad de abrir a la ciudadanía los espacios de toma de decisiones. Los hechos prueban, sin embargo, que quienes se oponen a esta deriva hacia los open standards no fundamentan sus recelos en argumentos basados en hechos o experiencias concretas, sino en prejuicios contra la capacidad de los (otros) nuevos actores para asumir responsabilidades colectivas.


